Una rosa para Mercè Rodoreda (I)
Hace unos años le explicaba a una conocida el proyecto del que, con el tiempo, sería mi patio. Ella me dijo: "tú estás pensando en un jardín Rodoreda". Tenía razón. No me lo había planteado así hasta ese momento, pero fuímos repasando plantas y flores, y todo encajaba: esta sale en tal novela, esta en esta otra...
Algún día tenía que darle las gracias a una de mis escritoras favoritas. Y os ha tocado: amenazo con dedicarle una serie de entradas en este blog; no sé cuántas serán, pero estarán lo suficientemente espaciadas para no saturaros (espero). El simbolismo de las flores en la obra de Mercè Rodoreda ha sido objeto de extensos estudios, no voy a descubrir nada nuevo; simplemente me gustaría recoger algunas frases, algunos momentos de su obra, y compartir con vosotros mi admiración por esta escritora.
Y tras esta introducción, empezamos.

Mercè Rodoreda (1908-1982) aprendió a amar las flores durante su infancia, de la mano de su abuelo. El recuerdo del jardín de la casa familiar, en el barrio de Sant Gervasi, le acompañará toda su vida, buena parte de ella alejada de Barcelona.
"Recuerdo la sensación de estar en casa cuando, asomada a la barandilla del terrado, veía caer sobre el césped y las hortensias las flores azules de la caroba. No sabré explicarlo nunca; nunca me he sentido tan en casa como cuando vivía en casa de mi abuelo con mis padres".
Mercè Rodoreda. Imágenes de infancia
Al acabar la Guerra Civil española se ve abocada al exilio, primero en Francia, en unos duros años marcados por la II Guerra Mundial, la ocupación alemana, la inestabilidad y la precariedad económica, durante los que apenas puede escribir, y más tarde, a mediados de los años cincuenta, en Ginebra, donde puede dedicarse a la escritura y produce la mayor parte de su obra. Durante unos quince años permanece en esta ciudad, hasta que a principios de los años setenta regresa a su país y se instala en Romanyà de la Selva, al pie de la sierra de Les Gavarres, nuevamente, como durante su infancia, en una casa con jardín. Allí vivirá los últimos años de su vida.
Ya desde sus primeros cuentos y novelas, escritos en los años 30, la presencia de flores es constante, en muchas ocasiones como referencia de la juventud, de la inocencia o de la felicidad perdida. Nos paramos en la primera obra que publicó antes del exilio, Aloma.

Aloma, la protagonista, es una adolescente que vive en una modesta casita con jardín, y el jardín es su espacio, el lugar donde sueña, el lugar donde es feliz. Cuando acaba la novela, Aloma es una adulta enfrentada a una dura realidad, que ha perdido la inocencia y ha perdido también su jardín; el paso del tiempo, unos meses en la novela, Aloma lo relaciona siempre con las flores:
A vegades un mes passa molt de pressa. Si el mes és un abril boig, amb flors i pluges i núvols i matins radiants i càlids, més. De pressa! Tant que, a primer de maig, s'han badat totes les roses i, amb l'alegria de les flors, els dies no compten.
A veces un mes pasa muy deprisa. Si el mes es un abril loco, con flores y lluvia y nubes y mañanas radiantes y cálidas, más. ¡Deprisa! Tanto que, a primero de mayo, se han abierto todas las rosas y, con la alegría de las flores, los días no cuentan.1
Han passat dies. I més dies. I el maig. I part del juny. I les roses.
Han pasado días. Y más días. Y mayo. Y parte de junio. Y las rosas.
Vénen les primeres pluges i l'aigua, a les tardes, pica monotonament els vidres. Cau de la punta de les fulles i el til·ler, que de l'agost ja s'esgroguissava, es comença a desfullar. El roser que fa dues florides té les flors amb les puntes requemades, car de matins ja comença a fresquejar.
Llegan las primeras lluvias y el agua, en las tardes, golpea monótonamente los cristales. Cae de la punta de las hojas y el tilo, que desde agosto ya amarilleaba, comienza a perder las hojas. El rosal que florece dos veces tiene las flores con las puntas requemadas, porque por las mañanas ya empieza a refrescar.
Aloma se despide de su casa, y describe un estilo de jardín muy común en aquella época; en los barrios más antiguos de Barcelona se pueden ver todavía jardines parecidos; incluso, si se busca bien, con gallineros.
A poc a poc es deixa anar a terra. Sense guaitar-lo veu el jardí. El til·ler que, quan s'ajeia a sota, a l'estiu, feia un sostre verd de clarors i ombres. El galliner amb la parra. Les gardènies...La morera festejant la finestra. I un eucaliptus mig partit per un llamp tocant a la casa abandonada.
Lentamente se deja caer. Sin mirar por la ventana ve el jardín. El tilo que, cuando se echaba a sus pies, en verano, formaba un techo verde de luces y sombras. El gallinero con la parra. Las gardenias... La morera coqueteando con la ventana. Y un eucalipto partido por un rayo junto a la casa abandonada.
Y en las últimas líneas de la novela, un rosal, un reflejo de Aloma:
Els carrers són quiets. D'una paret penja un roser sense roses.
Las calles están tranquilas. De una pared cuelga un rosal sin rosas.
Otro día continuamos...
Referencias:
- www.mercerodoreda.cat
- Aloma. Barcelona: Institució de les Lletres Catalanes, 1938
(1) Disculpad a esta traductora sobrevenida, no tengo las ediciones en español.


























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